Stephen Mirrione y la epifanía del montador

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220px-MirrioneLos Dichos del Editor no se detienen, sabemos que muchos las esperan, razón por la cual seguimos adelante.

En esta ocasión toma la palabra Stephen Mirrione, quien a su haber lleva varios trabajos entre los que destacan sus colaboraciones con Steven Soderbergh y Alejandro González Iñarritu, los cuales lo han llevado a ser reconocido entre sus pares y recibir la celebre estatuilla dorada del Tío Oscar por su labor en Traffic del ya mencionado Soderbergh.

Aprender a seguir la emoción del momento, seguir esa intuición que te surge mientras estás montando es lo que nos contará Mirrione esta semana.

“A veces veo interpretaciones en otras películas y pienso: este director no protegió a su actor. Soy muy consciente del carácter sagrado de la confianza que se deposita en mí en lo que respecta a la interpretación de un actor.”

En el montaje cinematográfico existe una alquimia que es difícil de expresar, en parte porque hay muy pocas personas que sean conscientes del trabajo de montaje. Existe la noción errónea de que montar una película es como editar un ensayo o un periódico, es decir, que el objetivo principal es determinar el contenido. El montaje cinematográfico sigue su propia disciplina. Naturalmente, recibe influencias de la música, el ritmo, el movimiento y la emoción. Como montador, moldeas y das forma al contenido emocional de una escena y condicionas el punto de vista del espectador.

Siempre me ha interesado narrar historias y escribir, en especial la forma en que puedes manipular psicológicamente el lenguaje para que el lector vaya en una u otra dirección. Cuando era pequeño también tocaba la viola, así que desde siempre supe que para ser bueno en algo no basta con que te gusta; para dominar algo, hay que practicar. Cuando asistí a clases de cine en la universidad, enseguida me di cuenta de que el montaje era una parte del proceso para la que tenía la disciplina suficiente. Así que me tiré de cabeza y me dediqué a practicar, practicar y practicar.

Aprendí mucho mientras montaba la primera película de Doug Liman, Getting In (1994); por ejemplo, cómo cambiar el diálogo escrito de forma que no parezca modificado, y cómo motivar un corte si no tenía los ángulos que quería. En aquel filme valoré mucho el hecho de poder trabajar en analógico. Se rodaba en 35 mm, y yo utilicé una KEM, lo que me exigió cierta disciplina. El aspecto físico del proceso te hacía pensar en lo que estabas a punto de hacer antes de iniciarlo.

Un momento importante fue el montaje de Swingers (1996), en especial la secuencia en la que Vince Caughn y Jon Favreau llegan a Las Vegas. Encontré una big band muy buena que era muy grande y potente. Habían filmado muchos rótulos de neón animados, y en una toma concreta del toldo de Westward Ho conseguí que la cola del león se moviera en sincronía exacta con la música. En aquel momento, algo cambió dentro de mí. Me di cuenta que esos dos tipos estaban llegando a Las Vegas y estaban sintiendo una emoción y una energía parecidas a las que experimentaba yo en aquel momento, en aquel lugar, en aquella pequeña sala. Terminé por quedarme en la sala de montaje toda la noche, motivado por aquel descubrimiento, y supe que cuando saliera de allí, la secuencia estaría acabada; no sería sólo una primera versión, y sería increíble.

Al día siguiente le enseñé la escena a Doug y por supuesto su reacción fue: «¿Qué?» No estaba equivocado; era lo natural en una primera reacción. Cuando estás montando un filme emprendes un viaje emocional, y cuando le enseñas el resultado a alguien que tiene una idea muy clara de cómo tiene que ser, debes entender que esa persona no ha hecho el viaje emocional contigo. Como montador, hay que ser sensible a esa diferencia. Por suerte, a los 10 minutos, Vince y Jon llegaron a la sala, y cuando les enseñe la escena, saltaron de sus butacas. La secuencia definitiva de la película es, fotograma a fotograma, exactamente lo que pasó aquella noche. Cuando visiono esa escena, sé que en realidad no la estoy viendo; estoy recordando la noche en que la monté y conseguí aquella hazaña personal de saber que sí, que era un montador.

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Escribió este post

Personaje translumínico, hiperbóreo y superfluo. Pasa su tiempo entre el aprendizaje, la enseñanza y la lectura, literaria y Audiovisual. Experto haciendo panqueques.

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