Jim Jarmusch y el sonido como respiración de la película.

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Durante la previa de la grabación de cierto piloto televisivo que esperamos algún día vea la luz, conversaba con Miguel Alarcón, conocido en las redes sociales como Th3_M4chin3, quien aparte de ser hermano de nuestro orondo director y ser vocal de mesa en las últimas elecciones municipales, es ingeniero en sonido. Por este hecho es que la conversación de esa tarde, aunque improvisada, se centró en el tema del trabajo del sonido en las películas chilenas, las que a juicio de Miguel, en su mayoría dejan mucho que desear y es una materia en la que se está al debe.

Esa conversación viene a mi memoria gracias a los Dichos del Director de esta semana, en la que Jim Jarmusch, recordado realizador independiente de películas como Strangers in Paradise, Dead man y Broken Flowers, también tiene una fijación especial por el sonido en las películas y la importancia que este tema tiene.

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“Concedo mucha importancia al sonido. Representa el 50% del filme. Así pues, no dejo nada al azar y no soporto ninguna aproximación. Durante el montaje discuto con mi técnico de sonido y mi mezclador acerca del ambiente que quiero obtener para cada secuencia. En función de la atmósfera que quieras conseguir, el sonido influirá en la comprensión del conjunto. Incluso -y sobre todo- en un filme de Robert Bresson, donde la atmósfera es tranquila. Cada sonido revestirá mayor importancia en razón de su escasez. Basta con repasar la secuencia del café en Pickpocket (1959), donde Bresson suprime voluntariamente el ruido ambiental para aislar aún más a su protagonista.

Mi exigencia en materia de sonido es tan grande que a veces vuelvo loco a mi equipo. Si quiero el sonido de una moto, buscaré el más apropiado según el tipo de vehículo, ¡y no se trata de que me ofrezcan un motor de Harley si quiero uno de Yamaha.

Durante la noche toco la guitarra y trato de encontrar los acordes de los sonidos escuchados durante el día. Puede ser el de un pájaro, un coche, un camión. El otro día paseaba solo por el bosque. Había un silencio casi absoluto, y podía distinguir el ruido de los insectos, de las hojas. Si prestas atención, puede adquirir la misma intensidad que una autopista. Basta con poner el oído y escuchar. Lo mismo ocurre con una película: tienes que poder verla con los ojos cerrados para sumirte en su musicalidad.

Cuando trabajé con Neil Young en la banda sonora de Dead Man (1995), buscamos transcribir la atmósfera con una simple melodía. Al principio había contratado a un bajista y un batería para que tocaran con él. Tras algunos ensayos nos pareció que bastaba con una sola guitarra. Los escasos acordes que compuso constituyen la respiración misma de la película. Sin ellos estaría desnuda. De manera general, la música y todos los sonidos que utilizas no deben subrayar una emoción, sino acompañarla, hacerla palpable. Es una alquimia que hay que encontrar y que también depende de la luz, del montaje y de la interpretación de los actores.

Hacer un largometraje requiere la destreza de muchas personas. Cada uno aporta sus ideas y, al final, le toca decidir al director. Hay que dejar a un lado el ego y pensar siempre en lo que resultará más beneficioso para el conjunto. Les conozco, me conocen, así que siempre vamos al grano. En el montaje dejo que mi montadora me ofrezca su versión, y luego trabajamos a partir de mis indicaciones. Sin embargo, es necesario que ella me ofrezca, en principio, su visión. Esto me permite distanciarme.

Las limitaciones, ya sean técnicas o financieras, ejercen una inevitable incidencia en la elaboración de un filme. Soy consciente del potencial comercial de mis largometrajes, y sé que no necesito un presupuesto muy importante. Prefiero trabajar con estructuras independientes. No me veo exiliándome a Hollywood para realizar un blockbuster. No rechazo ese tipo de cosas, pero están muy alejadas de mi trabajo. Todo es cuestión de estilo. El mío es el que es, te puede gustar o lo puedes detestar, pero es el mío. Lo más duro una vez acabado el trabajo, es aceptar que no podemos volver a él. Paul Valéry decía en sustancia: “No acabamos un poema, lo abandonamos.” Ésta es la suerte de todo cineasta ante su película.”

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Escribió este post

Personaje translumínico, hiperbóreo y superfluo. Pasa su tiempo entre el aprendizaje, la enseñanza y la lectura, literaria y Audiovisual. Experto haciendo panqueques.

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